Degustando arte

   Si ves la televisión japonesa, llegas a la conclusión de que a los japoneses les encanta comer bien. Son muy frecuentes los programas en los que personajes muy conocidos en el mundo del espectáculo hacen un recorrido por restaurantes y hoteles para degustar toda clase de platos. Sentados, escuchan atentamente las explicaciones del cocinero o la okami del ryokan, antes de tomar, con los palillos, una pequeña porción del manjar e introducirlo en sus bocas. Durante unos segundos quedan suspensos y de repente con ojos exageradamente desorbitados exclaman: “¡oishiii!” Por supuesto todo es una actuación como buenos artistas que son, pero aún así, siempre he sentido cierta envidia y curiosidad por conocer esos sabores que producen tal exaltación.

   Hace unos días una amiga me invitó a comer en un restaurante español que se encuentra en la ciudad de Sasayama, muy cerca de Sanda. Esta ciudad es conocida por la producción de una clase de cerámica llamada tamba o tachikui, nacida a finales de la era Heian, en el siglo XII, cuya característica principal es el tono negro rojizo que le da la arcilla del lugar, rica en hierro. Sus piezas, por lo general fabricadas para el uso doméstico, son muy resistentes y suelen presentar formas irregulares.

   Así pues, una cálida mañana de primavera nos dirigimos en coche hasta Sasayama, circulando por estrechas y sinuosas carreteras. El restaurante estaba situado en un valle cercado por redondeadas montañas de frondosos bosques que aún vestían los colores del invierno. Cerca del camino se encontraban algunos hornos y tiendas expositoras de cerámica. Mi amiga, amablemente, me guio por algunas de esas tiendas y me mostró el arte del lugar. La mayoría de las piezas seguía el estilo tradicional pero otras, tal vez hechas por artistas más jóvenes, tenían colores y formas más novedosos. Cuando llegó la hora de comer nos aproximamos al restaurante.

   Desde fuera, el edificio tenía un aspecto desolador. No había ningún letrero y la vivienda parecía abandonada y a punto de derrumbarse. Mi amiga abrió el portón corredizo con gran esfuerzo, ante mi mirada un poco confundida. En el interior, había cuatro mesas rectangulares de madera gastada y algunos sofás de color blanco desvaído. Unas gruesas vigas de hierro sujetaban el techo y en el fondo de la habitación se podían ver las colinas a través de un enorme ventanal que dejaba entrar la luz del día.

   El camarero, que también era el dueño del restaurante, nos entregó el menú para elegir el plato principal. Yo opté por un canelón de carne de ciervo y mi amiga por unos filetes de jabalí. Me imaginaba un gran plato repleto de suculenta y jugosa carne, y me sentía impaciente por hincarle el diente. Sin embargo, ese momento se hizo de esperar. Antes debía pasar por la degustación de una serie de platos exquisitamente presentados en bellos recipientes de cerámica. El dueño, como en esos programas gourmet que antes mencioné, nos comentaba en español los ingredientes que se habían empleado para la elaboración del plato. Y así durante casi dos horas fuimos paladeando una mezcla de sabores arriesgada, elaborada y cuidada al detalle que en modo alguno me recordaba a la cocina de mi país. Fue extraño disfrutar de una comida aderezada con briznas de jaramago o ruibarbo de ciénaga, combinada con el familiar sabor del aceite de oliva.

Finalmente, llegó el ansiado momento de la carne. Su sabor era correcto y estaba delicioso pero no era lo que esperaba. Como todo lo que habíamos comido, su tamaño era coqueto y reducido. No pude menos que sonreír porque a pesar de los años que llevo en Japón todavía sigo pensando como una española. Terminamos el festín con helado de leche merengada, dulces y café. Y volvimos a casa con el estómago satisfecho y algo pesado.

   Esa noche tuve que irme a la cama sin cenar.

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El vagón de mujeres

Hoy voy a Kobe. El cielo está completamente gris en esta invernal mañana de marzo. Un gélido viento agita mi pelo y deja sentir su frío tacto sobre la piel desnuda de mi cuello.

En el andén, hay un grupo de estudiantes vestidos con sus rígidos uniformes negros, que charlan y bromean despreocupadamente. A mi lado, algunas señoras con expresión hierática esperan la llegada del tren que, tras unos minutos, aparece con la puntualidad de siempre.

Al subir al vagón de mujeres, agradezco la temperatura cálida que hay en su interior y tomo asiento alejada de las otras ocupantes. Las puertas se cierran y, en seguida, el tren se pone en marcha con un sonido chirriante y quejumbroso. Sentada, miro al exterior. Una sucesión de casas de color plomizo como el cielo sigue la línea férrea de manera ininterrumpida. Hasta donde alcanza la vista, los bosques lo cubren todo mostrando una maraña de ramas esqueléticas y retorcidas sin color.

Kobe Dentetsu

Tren de la línea Kobe Dentetsu

El tren hace varias paradas. En cada de una de ellas, las puertas se abren y permiten la entrada de otros pasajeros que traen consigo el frío del exterior. Con indolencia poso mis ojos sobre las nuevas ocupantes y observo lo que hacen. Una señora vestida con un kimono púrpura mira hacia delante perdida en sus pensamientos; una joven se maquilla los ojos con una destreza digna de admiración, a pesar de los movimientos bruscos del tren; otra mujer, con las manos entrelazadas y su pelo formando una cortina sobre su rostro, dormita dejándose mecer por el suave traqueteo… En el vagón de mujeres el tiempo parece fluir despacio, aisladas y protegidas en ese pequeño mundo en movimiento que avanza hacia su destino. Sintiendo mi cuerpo laxo, empiezo a caer lentamente en un ligero y placentero sopor…

El anuncio por megafonía me saca de un tirón de mi aletargamiento. Estamos en Tanigami, la última parada. Bajamos, y apresuradamente accedemos a los vagones del metro que están justo en frente de nuestro tren. Dentro hace frío y me arrebujo en mi abrigo para entrar en calor. Todas volvemos a ocupar el mismo lugar, guiadas por la comodidad de la costumbre.

Una nueva pasajera se sienta muy cerca de mí. Su aspecto me llama la atención y no puedo evitar mirar disimuladamente. Una boina de color vino cubre sus llamativos cabellos rosas; su abrigo es un bosque donde aquí y allá se ve a la pequeña Alicia en pos del conejo blanco; de su falda escocesa surgen unas piernas enfundadas en unas medias estampadas de tonalidad magenta; y sus pies se sumergen en unos zapatos de brillante purpurina plateada. La chica de rosa, con una sonrisa enigmática, lee un libro que sostiene muy erguida. Curiosa, descubro que es la historia de Peter Rabbit. En este día de luz mortecina y decadente, ella trae los colores vívidos y alegres de un mundo de fantasía.

Después de unos instantes, dirijo mi mirada hacia la ventana. Desde dentro, sólo puedo ver mi reflejo en los cristales y, detrás de ellos, estelas luminosas que recorren el oscuro túnel. El tren se desliza a gran velocidad y ruge a veces con un sonido estridente y agudo que hiere mis oídos. En silencio, mis compañeras y yo aguardamos el final del trayecto.

Por fin, las puertas se abren con un resoplido y salimos, impacientes, sin detenernos ni un momento. Delante de mí, veo a la joven de rosa que anda con paso decidido y alegre a través de un río de grises pasajeros.

Como arena entre mis dedos

¿No has sentido a veces la necesidad de detenerte, cuando la falta de tiempo te empujaba a correr imperiosamente? Tal vez resulte ilógico y seguramente nada práctico, pero hay momentos en los que hay que dejar que el tiempo se escurra lánguidamente como arena entre los dedos.

Hace unos días, ocupada en mis tareas diarias, escuché una canción que me incitó a hacer una pausa. Al principio, la voz del solista no me pareció hermosa, pero la melodía, envolvente y sin estridencias, cantada con un tono dulce e íntimo, me fue ganando poco a poco, y sin advertirlo, me encontré sumida en pensamientos agradables y con una sonrisa en los labios.

La canción, Aliens エイリアンズ (2000), pertenece a la banda Kirinji キリンジ formada por los hermanos Takaki 堀込 高樹 y Yasuyuki Horigome 堀込 泰行. En 2013 se separaron, y Yasuyuki, el vocalista principal, decidió probar suerte en solitario. Su hermano continuó con la banda que creció con la llegada de cinco  miembros más.

En ocasiones, cuando parece imposible y el tiempo nos acucia sin descanso, ¿por qué no hacer un receso y durante unos minutos sólo sentir que estamos bien?

Entre templos y tumbas: Kumano Jinja

   Muy cerca de Shingetsuin, en una zona más elevada, un pequeño santuario sintoísta miraba hacia la ciudad escondido entre los árboles.

   Al contemplarlo desde abajo, el santuario parecía bastante siniestro y oscuro envuelto por las sombras del atardecer. Me aproximé lentamente con los ojos muy abiertos y alerta ante cualquier sonido extraño. A los pies del templo, cerca de las escaleras, se encontraba el Temizuya que era un burdo pilón debajo de un tejadillo de color rojo. Subí las escaleras y me detuve delante de la capilla. El interior era minimalista, apenas había adornos y en una de las paredes colgaban unas tablas con inscripciones ininteligibles para mí.

   Levanté la vista hacia la fachada y observé al feroz dragón que vigilaba el lugar con mirada arisca y enfadada. A un lado del edificio, un pequeño altar y unas figuras de piedra albergaban a otros dioses menores, protegidos por un bosque laberíntico de cañas de bambú. Mis pasos hacían crujir las hojas secas del suelo rompiendo el silencio del lugar y cuando volví a echar un vistazo al dragón, creí descubrir cierto aire burlón en sus ojos. Tal vez se sentía solo, sobre la colina, lejos del bullicio y la vida, resignado a ser un mero espectador de los avatares del mundo.

Desde lo alto, yo también contemplé la ciudad en silencio. El día moría apaciblemente bajo el murmullo de voces alegres. Mi excursión había finalizado. Era hora de volver a casa.

Kumano Jinja 熊野

Sobre Kumano jinja 熊野神社

Izanami e Izanagi

En Sanda hay cuatro santuarios Kumano.

El que he visitado se encuentra en Nishiyama. Desconozco su antigüedad pero tal vez fue el clan Kuki el responsable de su construcción.

Las deidades de los santuarios Kumano son el matrimonio formado por el dios Izanagi 伊邪那岐命(いざなぎのみこと) y la diosa Izanami 伊邪那美命(いざなみのみこと).

Desde el puente flotante del cielo, la pareja con una lanza llena de piedras preciosas, creó la mayoría de las islas de Japón, además de procrear un gran número de hijos. Izanami murió al dar a luz al dios del fuego y bajó al inframundo. Como Orfeo con Eurídice, Izanagi fue en busca de su esposa pero no pudo regresar con ella por mirarla antes de tiempo.

Izanagi e Izanami son los dioses de la naturaleza, las buenas cosechas, el hogar y los alumbramientos con un final feliz .

Entre templos y tumbas: Shingetsuin

  De regreso a casa, recordé que cerca de donde me encontraba había un templo budista y guiándome un poco por mi intuición, seguí caminando por un paisaje de huertos y casas de estilo tradicional.

  Una empinada cuesta me llevó hasta una encrucijada. ¿Derecha o izquierda? ¿Qué dirección debía tomar? No saber lo que puedes encontrar al otro lado del camino es como una pequeña aventura y sin dudarlo más, giré hacia lo desconocido. Subiendo un poco más la colina, en la meseta, apareció un pequeño monolito con una inscripción. No podía leer lo que estaba escrito pero no era necesario porque sólo con mirar al frente podía ver el templo al final de un sendero de piedra.

  Cuando traspasé la primera puerta, que estaba flanqueada por dos rocas, experimenté una sensación de irrealidad. El templo parecía estar aislado del mundo y dentro de una especie de burbuja protectora. Durante siglos había estado apartado de la urbe, sobre la colina, pero la ciudad poco a poco había ido ganando terreno y ahora ésta se encontraba muy próxima al santuario.

Shigetsuin

  Por la segunda puerta accedí a un sencillo y cuidado jardín que estaba dividido en dos. En una esquina se erguían varias figuras de piedra que tenían a sus pies molinillos de viento de alegres colores. Y detrás de ellas se amontonaban un gran número de cubos de plástico y hojalata. Finos surcos alrededor de piedras y arbustos dibujaban la arena del jardín y un pozo con un tejado de madera completaba el decorado budista. No pude reprimir la tentación de mirar por la cavidad del pozo y ver mi imagen reflejada en el agua oscura, ¿tal vez esperando ver una sombra detrás de mí?

  La luz del día se iba apagando y desde el interior del edificio, otra luz, la de una lámpara, se hacía más intensa. Dos personas, dentro, hablaban con voces cálidas y sosegadas, y creaban una atmósfera íntima.

  Después de deambular un rato, me dirigí hacia el cementerio que fugazmente atisbé antes de entrar en el jardín y que estaba situado en un terreno elevado. Ante mí surgió una montaña de lo que parecían lápidas muy antiguas. Un poco más adelante, tumbas más recientes estaban escalonadas sobre la pendiente, mientras que en el lado contrario, viejas lápidas quedaban semiocultas entre la maleza y los árboles.

  Seguí andando y entré en un recinto donde el diseño de las lápidas me hizo comprender que pertenecían a épocas pasadas. Allí, en lo más profundo del cementerio, el silencio era opresivo. Ni los pájaros dejaban oír un tímido gorjeo, sólo algunas veces un estridente graznido interrumpía el silencio.

   Estaba sola entre todas esas tumbas, entre el día y la noche, entre el recuerdo y el olvido. Abrumada ante esa soledad, me sorprendí con la llegada de un matrimonio de mediana edad que entró un momento para colocar unas flores y que enseguida desapareció por el camino. Cuando ya me iba, un impulso me hizo acercarme a las tumbas que mostraban un aspecto abandonado. Allí no había flores frescas y las tumbas estaban cubiertas por las hojas secas de los árboles. Al sentir la tierra blanda bajo mis pies, un desagradable estremecimiento recorrió mi cuerpo. Quería fisgonear y caminar entre las tumbas y encontrar quién sabe qué, pero sentí que no estaba sola, que todos me estaban observando y que el silencio eran sus voces. Y aunque mi lado racional sabía que todo estaba en mi mente no quise permanecer por más tiempo en aquel lugar.

  Volví a la entrada del templo, a la paz susurrante y cálida y me despedí con una última mirada. El ocaso del sol se aproximaba pero antes de que oscureciera quería visitar el pequeño santuario de la montaña, el que siempre se veía solitario entre cañas de bambú. ¡Continuará!

Historia de Seiryōzan Shingetsuin 清涼山心月院

El templo budista Shingetsuin de Sanda data de 1633 y perteneció al clan Kuki durante generaciones. El clan Kuki tenía su feudo en Toba 鳥羽, en la provincia de Shima, actualmente la Prefectura de Mie, durante el periodo Edo.

Hisataka Kuki 九鬼久隆, después de la muerte de su padre Moritaka Kuki 九鬼守隆 en 1632, se convirtió en heredero del clan. Sin embargo, uno de sus hermanos se opuso tenazmente y la familia se divididió en dos bandos. El Shogunato Tokugawa tuvo que arbitrar en el conflicto y determinó que Hisataka Kuki debía abandonar Toba y trasladarse al feudo de Sanda en la provincia de Settsu. Convertido en señor de Sanda, Hisataka mandó ampliar el templo Bairinji 梅林寺 y cambiar su nombre por el de Tenōzan Shingetsuin天翁山心月院. En 1665, el templo volvió a cambiar de nombre y pasó a llamarse Seiryōzan Shingetsuin.

Takayoshi Kuki
九鬼隆義

Para acceder al templo hay que pasar por dos puertas:

La primera, llamada Sanmon 山門, Puerta de la Montaña, es de 1585 (año 13 del periodo Tenshō) y es parte de los restos del palacio Yuyama Goten 湯山御殿 que mandó construir Toyotomi Hideyoshi en Arima Onsen, y que fue destruido por el gran terremoto de Fushimi (1595). Después de la batalla de Sekigahara 関ヶ原の戦い, el señor Yutaka Arima recibió estos restos de la familia Toyotomi.

La segunda puerta, Sōmon 総門, se realizó en el año 1753 durante el periodo Hōreki.

En el cementerio del templo están enterradas varias generaciones del clan Kuki y 13 señores de Sanda, desde Moritaka hasta Takayoshi Kuki 隆義. También se encuentran las tumbas de personajes ilustres como Jirō Shirasu 白洲次郎 que ayudó en la reconstrucción de Japón después de la segunda guerra mundial y está enterrado junto a su esposa Masako; y Ryuichi Kuki 九鬼隆一 que fue director del Museo Imperial.

Entre templos y tumbas: Sanda Ōtoshi Jinja

  Después de paladear sin prisas mi delicioso café, me levanté y salí al exterior. Como era un día especial y me sentía animada, decidí seguir con mi excursión y volver a casa dando un tranquilo paseo.

  Crucé un paso a nivel y me fui en dirección al río Muko. Bajo uno de los numerosos puentes que había sobre el río, las apacibles aguas fluían formando una estela brillante bajo el sol.

rio Muko

  Varias veces me equivoqué de ruta y tuve que volver sobre mis pasos. Y fue en una de esas ocasiones cuando por casualidad me topé con un templo que nunca antes había visto y que estaba medio oculto por una pequeña arboleda. Entré por una estrecha calle y salí a un patio donde había algunos columpios. A la derecha se encontraba el santuario con su típico Torii y su nombre escrito en kanji.

Otoshi Jinja

  No había nadie a esa hora. Me acerqué a la caseta de abluciones (Temizuya) que tenía un aspecto muy rústico y humilde. Los Hishaku, los cazos para lavarse las manos, estaban colocados de manera ordenada, esperando que alguien los utilizara.

  La entrada del templo estaba precedida por dos árboles cuyos troncos llenos de nudos se asemejaban a unos músculos sin la cubierta de la piel. A su izquierda, una gran roca negra de forma rectangular parecía descansar relajadamente. Sin duda estaba consagrada a algún dios.

Subí las escaleras y en seguida me encontré ante la capilla donde se rezaba. El cajón que recogía los donativos (Saisen) era pequeño y de color negro, y tenía pintado el símbolo del santuario.

  En un lateral, unos escalones y varios Torii de color rojo conducían a un jardín donde hallé dos capillas dedicadas al dios Inari, el dios zorro. Me sorprendió el aspecto tan descuidado y maltrecho que mostraban los altares pues algunas de las figurillas, que representaban al dios, estaban volteadas o fracturadas. Seguramente todo se debía a los efectos del gran tifón de octubre pero era un poco extraño que a esas alturas, nadie hubiera adecentado el lugar.

  Dejando vagar mi mirada descubrí sobre una piedra, una pequeña imagen de Buda iluminada por el sol vespertino. La Naturaleza y el Hombre parecían simbolizar. La religión sintoísta y la budista se fusionaban y se convertían en una.

imagen Buda

  Con esa bella imagen en mi mente, me encaminé hacia la salida. Pero antes observé que en la parte superior del gran Torii había una fila de piedrecitas y me pregunté qué hacían allí. Después supe que era un signo de buena suerte lanzarlas y conseguir posarlas sobre el arco. ¡Tal vez la próxima vez yo también lo intente!

torii piedras

Y una vez más proseguí mi camino. ¡Continuará!

SOBRE ŌTOSHI JINJA 大歳神社

En Sanda existen seis santuarios Ōtoshi Jinja.
El santuario del que he hablado, se encuentra en Minamigaoka. Desconozco su historia y su antigüedad pues no he encontrado ninguna información.

Ōtoshi-no-kami

Ōtoshi-no-kami 大歳神

Los dioses principales que se veneran son Ōtoshi-no-kami 大歳の神 , Mitoshi-no-kami御年神 y Wakatoshi-no-kami 若年神. Son deidades relacionadas con la agricultura y las buenas cosechas.

Entre templos y tumbas: Sanda Miwa Jinja

    A principios de noviembre, con un sol que invitaba a salir, me fui de excursión después de almorzar. Era un día perfecto para pasear. Como siempre las calles estaban tranquilas y sólo en algunos momentos se podían escuchar las voces apagadas de niños jugando en los parques. Mi destino era el templo Miwa, y por esa razón intentaba no prestar demasiada atención a lo que me encontraba por el camino.

    Cuando llegué al templo vi que en el Torii (puerta) de la entrada, un letrero anunciaba la celebración del  shichi-go-san, una ceremonia en la que se pide a los dioses que los niños crezcan sanos, y que tiene lugar en este mes. Desde allí, podía ver como Miwa Jinja se alzaba en una colina, protegido por un bosque de cedros.

    Subí unas empinadas escaleras y entré en el patio que había delante del edificio principal. Adyacentes a él se encontraban otros edificios de madera que albergaban los altares de varios dioses. Con mi cámara empecé a tomar fotos de todos los rincones intentando plasmar la belleza del lugar. A veces, algunos fieles que se acercaban para rezar me miraban con curiosidad, tal vez preguntándose qué hacía esa extranjera husmeando por allí.

    Uno de los altares estaba flanqueado por enhiestos zorros de piedra que tenían una aviesa y burlona mirada.

templo inari

    El cedro sagrado del dios Mi-no-kami-sugi se erguía imponente cerca del sendero que llevaba al bosque, detrás del templo. Al pie del árbol se encontraba una figura de cerámica con la forma de una serpiente blanca con dos cabezas. Sentí el deseo de pasar mi mano por la rugosidad del tronco como si de algún modo eso me hiciera entrar en contacto con el kami, pero no sabía si estaba permitido y me contuve.

Mi-no-kami-sugi

    Seguí caminando y cuando llegué a la entrada del sendero vi un cartel que explicaba que en el bosque podía haber maleantes y ladrones. Toda la expectación y deseo de disfrutar del paseo se trocó en intranquilidad y me sentí decepcionada. Aún así decidí arriesgarme. Al principio, el camino de tierra que iba cuesta arriba, era bastante ancho, pero poco a poco se fue estrechando y tuve que andar con cuidado para no perder pie.

    Hubo un momento en el que una bifurcación me hizo dudar sobre qué dirección tomar. Mientras pensaba, me quedé contemplando un bosquecillo de bambúes situado a un lado del camino. Sus formas rectas y elegantes me hicieron recordar aquellas películas de guerreros chinos que luchaban flotando en el aire con asombrosa facilidad.

    Finalmente, opté por adentrarme en un claro del bosque. Las copas de los árboles se inclinaban formando una especie de cúpula sobre mi cabeza. Me sentí aislada. Los sonidos de fuera sólo eran suaves murmullos y cuando escuchaba el crujido de una hoja seca, miraba sobre mi hombro temiendo encontrar alguna sombra amenazante.

cúpula árboles

    Buscando una salida, observé que en un extremo del claro había una especie de barandilla hecha con una cuerda. De ella colgaba el típico papel doblado de los templos sintoístas y señalaba la ruta que había que seguir. Los efectos del tifón se veían en la gran cantidad de ramas resquebrajadas que encontraba a mi paso. Un árbol partido en dos bloqueaba el sendero por completo y tuve que pasar por debajo de él.

árbol partido

    El camino fue haciéndose cuesta abajo y de pronto me encontré en el patio de entrada del templo, justo en el lado contrario de donde empecé a andar. A la luz del sol todo parecía más acogedor. El sacerdote, vestido de blanco, estaba peinando con un rastrillo la arena del suelo. En ese momento no había nadie, y aunque sabía que yo estaba observándolo, apenas me echó un vistazo. Hice unas últimas fotos y decidí marcharme.

salida sendero

Cerca de allí estaba la cafetería Koruri Coffee, y pensé que era una buena ocasión para darme un pequeño placer tomando un riquísimo café de Colombia. Pero mi excursión todavía no había finalizado. ¡Continuará!

UN POCO DE HISTORIA

    El templo sintoísta Miwa de Sanda data del siglo VIII. Por su antigüedad y por estar situado en uno de los barrios más castizos de la ciudad, goza de una gran popularidad.

Su culto tiene origen en el templo Miwa de la ciudad de Sakurai, en la prefectura de Nara. Los dioses del templo original viven en el monte sagrado Miwa y no en la Ōkuninushisala Honden del edificio.

Los kami o dioses principales del monte sagrado son: Ōmononushi-no-kami, Ōnamuchi-no-kami y Sukunahikona-no-kami. También hay otros dioses menores como Mi-no-kami-sugi que vive en un cedro sagrado y está representado por una serpiente blanca.

Según cuenta el libro de crónicas Kojiki, los dioses Ōnamuchi y Sukunahikona estaban creando la nación de Japón, cuando este último decidió volver al país Toyoko-no-kuni. Al quedarse solo, el dios Ōnamuchi no supo cómo continuar con su obra y pidió ayuda al dios Ōmononushi. Este prometió ayudarlo a cambio de ser el dios venerado en el monte Miwa. Ōmononushi-no-kami realmente es el mismo dios Ōnamuchi pero con una diferente alma según las creencias sintoístas. Y a su vez, el dios Ōnamuchi sería el dios Ōkuninushi. Si llegado a este punto, estás perdido, no te preocupes, los mismos japoneses tampoco lo entienden muy bien. La religión sintoísta tiene cierta complejidad.

    El símbolo de los templos Miwa son tres círculos entrelazados. Literalmente Miwa significa tres anillos: mi (tres) wa (anillo).

anillos miwa

    El dios Ōnamuchi (u Ōmononushi) promueve el comercio, la agricultura, la industria, la salud, el transporte y todo lo que conlleve el desarrollo del país. También es el dios del amor y el patrón de los farmacéuticos y de los fabricantes de sake.

AKI MATSURI

    El día 8 de octubre se celebró el festival de otoño en Miwa Jinja, y los OmikoshiDashi pasearon por las calles de Sanda. Por la tarde, el desfile se detuvo al pie de las escaleras del templo y los participantes descansaron tomando sake y comiendo edamame, soja en rama, mientras que otros  fumaban un cigarrillo dejándose caer sobre alguna pared. Sus rostros estaban quemados por el intenso sol que había hecho ese día y se les notaba muy cansados, pero poco a poco empezaron a prepararse para el gran final.

descansando
Los que estábamos de espectadores subimos las escaleras y esperamos la entrada de las carrozas y los palanquines. Como ya pude ver en Tenma Jinja, primero se dio paso a los palanquines infantiles, después los Dashi y finalmente los Omikoshi. En este templo, el espacio era inferior al de Tenma Jinja y los giros se hacían con dificultad y un gran esfuerzo.

    Había otra diferencia. Las personas que cargaban los Omikoshi no se limitaron a dar tres vueltas, sino que balancearon y levantaron los palanquines una infinidad de veces, a pesar de que estaban agotados y algunos parecía que iban a desmallarse en cualquier momento.

    Cuando se anunció el fin de la celebración, el alcalde de Sanda hizo acto de presencia y dio un discurso para clausurar el festival de otoño de Miwa Jinja. Por último, el personal del templo repartió entre los presentes bolas de mochi que todos, agradecidos, tomamos con sumo placer. 美味しかった!¡Estaban riquísimos!

mochi

Si queréis echarle un vistazo a la Web del templo esta es la dirección:
http://www.eonet.ne.jp/~miwajinja/