La estrella de Haruo Satō

Con el propósito de profundizar en mis conocimientos de japonés, pensé que era una buena idea intentar memorizar los kanjis a través de la poesía. Y así, un día, en el paraíso que es una librería, elegí un libro al azar. Le conté a una amiga lo que había hecho, y ella, ni corta ni perezosa, me regaló a su vez una antología de poesía japonesa.

El libro era pequeño y estaba encuadernado en tapa dura. Entre mis manos parecía una pieza delicada que debía ser tratada con cariño y reverencia, un libro de bolsillo que podía llevar conmigo a cualquier parte. Acariciando sus páginas llegué hasta un sencillo poema: “Yuuzutsu“, de Haruo Satō.

Haruo Satō

Sencillo, breve, fácil de leer. Lo memoricé enseguida. Sin embargo, el significado del título se me escapaba y tuve que echar mano de nuestro querido internet para poder descifrarlo. “Yuuzutsu夕づつ es una palabra formada por la combinación de dos kanjis: (la tarde) y (estrella), aunque en el título está escrito en hiragana y su lectura está muy alejada de la establecida en los libros. “Yuuzutsu” es el planeta Venus que se ve en el cielo del oeste, al atardecer (西の空に見える金星). Y aunque todos sabemos que Venus es un planeta, tradicionalmente se le ha considerado una estrella, la estrella vespertina o el lucero del alba.

Cuando leí este poema por primera vez, me gustó la sonoridad y simpleza de sus palabras que evocaban un atardecer íntimo y sereno, y que parecían ir dirigidas a una dama desconocida.

Para mí, Haruo Satō sólo era un nombre sin vida y sin historia. Sus palabras sólo tenían el significado que yo quería darles. Pero nunca he podido luchar contra mi naturaleza curiosa y empecé a investigar sobre este escritor.

Haruo Satō

Haruo Satō 佐藤春夫 fue un poeta y novelista nacido en 1892, en la era Meiji. Casado con la actriz Kayoko Maiya, se enamoró de Chiyoko, mujer del escritor Jun’ichiro Tanizaki. Aunque su esposo parecía no amarla (tenía relaciones con la hermana de su mujer) se opuso al divorcio, y Satō, desesperado, decidió marchar a Taiwan durante un periodo de tiempo. Finalmente, se casaron en 1930.

¿Es posible que las palabras de este poema fueran dedicadas a Chiyoko Tanizaki, un amor tan inalcanzable y brillante como la estrella vespertina?

Si queréis saber más sobre este autor, os recomiendo la página Kappa Bunko: Literatura japonesa, de donde he tomado la información sobre los amores de Satō.

Nota: no soy una experta pero yo soy la autora de la traducción del poema.

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Terremoto

Esta mañana, el día estaba nublado. Desde la ventana veía a los niños que marchaban a la escuela. Mi desayuno esperaba en la mesa. Y sin aviso, todo empezó a moverse. Las sirenas de los móviles sonaban ruidosas y repetían una y otra vez ¡jishin da, jishin da!, ¡es un terremoto, es un terremoto! Pero no fui capaz de hacer nada, solo de sentir el largo temblor, inmóvil, dudando en si meterme debajo de la mesa o salir corriendo de la casa. Cuando todo acabó, las lágrimas se agolparon en mis ojos y mi corazón latía aceleradamente. Ya no quería comer. Tenía náuseas.

Esta mañana, a las 7:58 hubo un terremoto de magnitud 5.9 en Osaka. Pero estamos bien.

♣ Actualizo: ahora dicen que la magnitud del terremoto fue de 6.1.

Tsuyu 梅雨

  Hoy llueve sin cesar. Pero no es nada extraño. Oficialmente ha comenzado la temporada de lluvias, tsuyu 梅雨, en la región de Kansai. A partir de ahora, los días serán oscuros bajo la sempiterna lluvia, a veces serena, otras enérgica. Será también el tema de conversación cuando se saluda al vecino o a algún conocido. Será la preocupación del ama de casa que con gran interés escuchará la predicción del tiempo para hacer la colada sin perder ni un segundo. Será el tiempo del muñeco teru teru bōzu que los niños colgarán al lado de la ventana para pedirle con canciones que no llueva el día del undōkai.

  El verde lo cubrirá todo. Bambúes verdes, campos de arroz verdes, bosques verdes, maleza verde… Verde salpicado del color morado de las hortensias que bajo el agua del cielo brillarán como piedras preciosas.

Pajarito chino de color añil

pajarito chino

Cuando tenía seis años y aprendía a leer, me preguntaba qué colores eran los de ese pájaro del poema, tan extraños como el añil y el punzó. Porque yo, una niña de ciudad, acostumbrada al gorjeo ruidoso y animado de los sencillos gorriones, no podía ni siquiera imaginar que existieran aves de tal plumaje en la ramas de cualquier árbol.

Muchos años más tarde, mis sueños me llevaron a un país muy lejano, con otros paisajes, con otras costumbres.

Lo primero que advertí cuando llegué a Japón, es que las mañanas tenían un diferente sonido. ¿Dónde estaban los alegres y amistosos gorriones que me despertaban al alba, esos viejos amigos que de algún modo eran la imagen de mi antiguo hogar? Echaba de menos el gran alboroto que formaban cuando saltaban y peleaban en las ramas de los árboles.

Pero afuera sólo hallé las siluetas oscuras y atemorizantes de unos cuervos que acechaban incansablemente. Sus estridentes graznidos proclamaban que eran los absolutos dueños de los aires, verdaderos depredadores de mis amados gorriones, a los que alguna vez vi ser desplumados sobre un poste de la luz. Poco a poco me acostumbré a su detestable presencia y, apartada de ellos, los observaba con desconfianza. Sin embargo, un día, descubrí, con asombro, que detrás de la mirada altanera y desafiante de un cuervo, también había temor, y comencé a aceptarlos a regañadientes. Los años fueron pasando y con el transcurrir del tiempo fui familiarizándome con mi entorno.

Ahora, cuando la primavera se llena de melodías, después de un casi silencioso invierno, escucho con claridad el canto de mis aves vecinas. Cada mañana el kojukei me da los buenos días con un repetitivo “chotto koi chotto koi”; en los cables del tendido eléctrico, tan lejos que no puedo apreciar su banda negra y blanca en la cabeza, un solitario hoojiro emite un piar agudo; y el ugüisu, con voz cristalina, silba durante todo el día su “hoo hokekyo”. Ya no son aves desconocidas. Sus voces no me son ajenas.Y aunque todavía no he podido encontrar un pájaro con los llamativos colores del pajarito chino, cuando escucho el canto de mis pájaros japoneses no puedo evitar recordar, con nostalgia, aquel poema de mi niñez…

 

 

 

Jirō Shirasu, el hombre en la sombra, el hombre olvidado

Jiro Shirasu en vaquerosJirō Shirasu 白洲次郎, fue un burócrata y hombre de negocios que tuvo un papel destacado en la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial. De aspecto elegante y aristocrático, bien parecido, alto (175 cm), amante de los coches veloces como los Bentley y los Bugatti, fue también conocido por ser el primer japonés en ser fotografiado vistiendo unos pantalones vaqueros.

Primeros años y vida de estudiante

Nació el 17 de febrero de 1902, en Ashiya, Prefectura de Hyogo (Japón). Fue el segundo hijo varón de un rico comerciante de algodón, Bunpei Shirasu, y su esposa Yoshiko Hayasu. Después de graduarse en la escuela de secundaria Kobe Icchu, en 1919, partió hacia Inglaterra para estudiar en el Clare College de Cambridge como oyente. Durante ese periodo tuvo la oportunidad de relacionarse con la aristocracia del país, estableciendo una profunda amistad con Robert Cecil, Conde de Strafford, con el que viajaría por Europa en 1925, a bordo de un Bentley 3 Litre.

Regreso a Japón

En 1928, tras pasar nueve años en Inglaterra, se ve obligado a regresar a Japón cuando el negocio de su padre se declara en bancarrota. Ese mismo año conocería a la que sería su esposa, Masako Kabayama, estudiante en Estados Unidos, que como él, también habría de volver al país después de que la empresa de su padre quebrara. Masako, una joven culta y refinada, que sentía una gran pasión por el teatro Noh y otras tradiciones japonesas, pertenecía a una familia de gran influencia política y militar. Al año siguiente, en 1929, Shirasu contrae matrimonio con Masako y empieza a trabajar como periodista en el Japan Advertiser. El tenía 27 años y ella, 19.

En 1937, Shirasu inicia su labor como director de la industria alimentaria japonesa, hoy denominada Nippon Suisan. Por negocios, debe viajar en muchas ocasiones al extranjero, sobre todo a Gran Bretaña, donde coincidiría con Shigeru Yoshida, familiar de su esposa, y embajador extraordinario de Japón en Londres. La amistad de estos dos hombres sería determinante en el futuro.

1929

Jirō Shirasu (1929)

Tiempo de guerra y derrota de Japón

Shirasu, junto con otros políticos, estaba en contra de la guerra con Estados Unidos. Anticipándose al bombardeo aéreo y a la escasez de alimentos, en 1940 decide trasladarse con su esposa y sus tres hijos pequeños a una antigua granja en la prefectura de Tokio, a la que pondría el nombre de Buaisō1. Y aunque cultivó la tierra con sus manos para alimentar a su familia, no dejó de sentirse como un caballero inglés, atento a la situación política del país desde la distancia.

Pero en 1945, una vez acabada la contienda, Shigeru Yoshida, entonces Ministro de Asuntos Exteriores, requiere de su presencia para que trabaje en la Oficina Central de Enlace y actúe como negociador entre el gobierno japonés y las Fuerzas de Ocupación. Por su obstinación y su deseo de no dejarse avasallar por las fuerzas aliadas, el general Whitney lo llamaría “el único japonés no obediente”.

En la Navidad de 1945, tendría lugar el famoso incidente con el general Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas. Shirasu se presentó ante el general con un regalo del emperador Hirohito que ofreció con gran ceremonia. Pero McArthur tenía la mesa repleta de objetos, y  señalando el suelo le indicó a Shirasu que lo colocara allí. Escandalizado por lo que consideraba una falta de respeto hacia el emperador, Shirasu montó en cólera y exigió una mesa donde depositar el regalo. Tras unos momentos tensos, McArthur aplacó al airado Shirasu y acabó disculpándose con él. Sin embargo, no hay ningún documento que atestigüe que aquello ocurriera realmente y hay quien piensa que todo es fruto de la invención.

McArthur y Hirohito

General McArthur y Emperador Hirohito

Conferencia “Atomic Sunshine”: La Constitución de Japón

La elaboración de la nueva constitución de Japón no estuvo exenta de dificultad y controversia.

En un principio el Cuartel de las Fuerzas Aliadas no quiso inmiscuirse en la reforma de la Constitución, pero el borrador del gobierno japonés no satisfizo a McArthur y éste decidió tomar cartas en el asunto.

El 13 de febrero de 1946, el general Courtney Whitney con varios miembros de su personal se reunió con Yoshida (ministro de Asuntos Exteriores) en su residencia oficial junto con Matsumoto (secretario general de la enmienda constitucional) y Shirasu (intérprete). Y les dijo lo siguiente: “Si el gabinete no puede preparar una enmienda constitucional apropiada antes de las elecciones, el general MacArthur se encargará de hacerlo”. Y mostrando el borrador de la nueva constitución en inglés, añadió  a continuación que el gobierno japonés debía aceptar las disposiciones estipuladas para mantener al emperador “seguro”, pues los otros países aliados insistían en juzgarlo como criminal de guerra. Los delegados japoneses que no sabían nada de este borrador, cuando escucharon sus palabras se mostraron muy consternados y sorprendidos.

Luego, el grupo estadounidense bajó al jardín del palacio, dando algo de tiempo a la delegación japonesa que se quedó leyendo la nueva constitución. Mientras un bombardero sobrevolaba el palacio, Jirō Shirasu salió al jardín y se unió al grupo estadounidense. En ese momento, Whitney dirigiéndose a él le dijo: “Hemos estado disfrutando de su sol atómico”, dejando claro con sus palabras, la posición de un bando y otro.

Pero el gobierno japonés se resistía a aprobar la constitución de McArthur,  y el general Whitney acabó dando un ultimátum: el borrador debía ser traducido al japonés en 48 horas.

Bajo esa presión, Shirasu y otros dos traductores del Ministerio de Exteriores trabajaron  sin descanso durante tres días, y cuando se enfrentaron a la traducción del primer articulo, Shirasu lo relató asi:

The Emperor shall be the symbol of the State and of the Unity of the People, deriving his position from the sovereign will of the People, and from no other source.”

–  Shirasu-san, ¿qué significa “symbol”?- Me preguntó el señor Obata hablándome con el dialecto de Osaka.

– ¿Por qué no lo mira en el diccionario Inoue? – Le respondí.

Poco tiempo después, el señor Obata, asintiendo con la cabeza, replicó: – Efectivamente, Shirasu-san, “symbol” significa símbolo.

「白洲さん、シンボルというのは何やねん?」

小畑氏はぼくに向かって、大阪弁で問いかけた。ぼくは「井上の英和辞典を引いてみたら、どや?」と応じた。やがて辞書を見ていた小畑氏は、アタマを振り振りこう答えた。

「やっぱり白洲さん、シンボルは象徴や」

En la nueva Constitución, el emperador sería considerado un símbolo del Estado, hecho éste, que en la mente de los japoneses todavía era difícil de aceptar y comprender.

En 1946, Shigeru Yoshida se convierte en Primer Ministro de Japón, y Shirasu es nombrado Director de la Agencia de Comercio, una oficina externa del Ministerio de Comercio e Industria. Durante su cargo debe ejercer una gran habilidad para frenar y erradicar la corrupción que había dentro del ministerio, además de sentar las bases de lo que sería el futuro Ministerio de Economía, Comercio e Industria.

Conferencia de Paz

En 1951, Shirasu asiste a la Conferencia de Paz de San Francisco como consejero delegado de Shigeru Yoshida.

Se suponía que el primer ministro Yoshida pronunciaría su discurso de aceptación en inglés pero el 7 de septiembre, un día antes de la conferencia, Jirō Shirasu después de echar un vistazo al borrador, protestó enérgicamente porque el texto no sólo estaba escrito en el idioma de los vencedores sino que además parecía ser redactado por ellos.

Uno de los pocos que recordaría ese día fue Miyazawa, joven asistente que formó parte de la delegación japonesa. Cuenta como en el último minuto, el entonces primer ministro Shigeru Yoshida decidió pronunciar su discurso en japonés. Miyazawa y otros oficiales subalternos peinaron el barrio chino de San Francisco en busca de pergaminos y pinceles para que Yoshida pudiera leer su discurso al estilo tradicional japonés.

“Pero ningún pergamino era lo suficientemente largo, así que tuvimos que pegar un rollo tras otro en el largo pasillo de una de las suites”, explicó Miyazawa. El largo papel enrollado de 30 metros sorprendió a los asistentes de la conferencia y la prensa extranjera (no japonesa) lo bautizó con el nombre de: “el papel higiénico de Yoshida”.

Sin embargo, cuando en alguna ocasión se le preguntó a Shirasu sobre las razones que llevaron a cambiar el idioma del discurso, contestaba ambiguamente o decía no saber nada.

De acuerdo con la investigación del periodista Eiichiro Tokumoto, fueron los Estados Unidos los que sugirieron que el discurso se leyera en japonés con el fin de preservar la dignidad del Primer Ministro, pues  su escasa destreza con el inglés causaba cierta preocupación.

Shirasu trabajó como asesor del Ministerio de Asuntos Exteriores hasta 1954 y además fue director del Tohaku Electric Power en 1951.

Jiro Shirasu, presidente de Tohoku Electric

Jirō Shirasu, presidente de Tohoku Electric

Retiro

En sus últimos años fue presidente del Club de Golf de Karuizawa, condujo un porsche hasta los 80 años e incluso llegó a posar como modelo para el diseñador Miyake Issei.

En noviembre de 1985, después de viajar con su esposa Masako, enfermó y fue hospitalizado con una úlcera gástrica. Murió el día 28 de ese mes, a la edad de 83 años.

Jiro Shirasu y su esposa Masako

Jirō Shirasu y su esposa Masako

Sus restos, junto a los de su esposa, reposan en el cementerio del templo budista Shingetsuin de Sanda, Hyogo. En vida, fue un hombre privilegiado, rodeado de riqueza, poder y lujo. En su muerte, quiso ser humilde y pasar desapercibido. Su tumba, sencilla y sin adornos, se encuentra semioculta en una pequeña parcela, cercada por un seto.

La figura de Jirō Shirasu no aparece en los libros de historia (apenas una breve mención en algunos documentos), pero es indudable que su influencia fue relevante y se dejó notar en el Japón de la posguerra. Unos abogan por revalorizar su figura y otros, sus detractores, se refieren a él como “el Rasputín de Japón” y lo acusan de enriquecerse a la sombra de Shigeru Yoshida.

Sea como fuere, Jirō Shirasu se ha convertido en uno de los personajes célebres de Sanda, y la visita a su tumba, en una atracción turística más de esta ciudad.

¿Por qué no darse una vuelta por aquí?


  1. La granja de Shirasu se encontraba entre dos poblaciones. Se tomó el primer kanji del nombre de cada una de ellas (武蔵国 y 相模国) para formar la palabra Buaisō 武相荘. Pero con la misma pronunciación significaba “insociable”. Toda una declaración de intenciones del matrimonio Shirasu, que quería vivir a su aire, lejos de las estrictas reglas sociales de Japón.

Degustando arte

   Si ves la televisión japonesa, llegas a la conclusión de que a los japoneses les encanta comer bien. Son muy frecuentes los programas en los que personajes muy conocidos en el mundo del espectáculo hacen un recorrido por restaurantes y hoteles para degustar toda clase de platos. Sentados, escuchan atentamente las explicaciones del cocinero o la okami del ryokan, antes de tomar con los palillos, una pequeña porción del manjar e introducirlo en sus bocas. Durante unos segundos quedan suspensos y de repente con ojos exageradamente desorbitados exclaman: “¡oishiii!” Por supuesto todo es una puesta en escena como buenos artistas que son, pero aún así, siempre he sentido cierta envidia y curiosidad por conocer esos sabores que producían tal exaltación.

   Hace unos días una amiga me invitó a comer en un restaurante español que se encuentra en la ciudad de Sasayama, muy cerca de Sanda. Esta ciudad es conocida por la producción de una clase de cerámica llamada tamba o tachikui, nacida a finales de la era Heian (siglo XII) cuya característica principal es el tono negro rojizo que le da la arcilla del lugar, rica en hierro. Sus piezas, por lo general fabricadas para el uso doméstico, son muy resistentes y suelen presentar formas irregulares.

   Así pues, una cálida mañana de primavera nos dirigimos en coche hasta Sasayama, circulando por estrechas y sinuosas carreteras. El restaurante estaba situado en un valle cercado por redondeadas montañas de frondosos bosques que aún vestían los colores del invierno. Cerca del camino se encontraban algunos hornos y tiendas expositoras de cerámica. Mi amiga, amablemente, me guio por algunas de esas tiendas y me mostró el arte del lugar. La mayoría de las piezas seguía el estilo tradicional pero otras, tal vez hechas por artistas más jóvenes, tenían colores y formas más novedosos.

Cuando llegó la hora de comer nos aproximamos al restaurante.

   Desde fuera, el edificio tenía un aspecto desolador. No había ningún letrero y la vivienda parecía abandonada y a punto de caerse a pedazos. Mi amiga abrió el portón corredizo con gran esfuerzo ante mi mirada un poco confundida. En el interior, había cuatro mesas rectangulares de madera gastada y algunos sofás de color blanco desvaído. Unas gruesas vigas de hierro sujetaban el techo y en el fondo de la habitación se podían ver las colinas a través de un enorme ventanal que dejaba entrar la luz del día.

   El camarero, que también era el dueño del restaurante, nos entregó el menú para elegir el plato principal. Yo opté por un canelón de carne de ciervo y mi amiga por unos filetes de jabalí. Me imaginaba un gran plato repleto de suculenta y jugosa carne, y me sentía impaciente por hincarle el diente. Sin embargo, ese momento se hizo de esperar. Antes debía pasar por la degustación de una serie de platos exquisitamente presentados en bellos recipientes de cerámica. El dueño, como en esos programas gourmet que antes mencioné, nos comentaba en español los ingredientes que se habían empleado para la elaboración del plato. Y así durante casi dos horas fuimos paladeando una mezcla de sabores arriesgada, elaborada y cuidada al detalle que en modo alguno me recordaba a la cocina de mi país. Fue extraño disfrutar de una comida aderezada con briznas de jaramago o ruibarbo de ciénaga, combinada con el familiar sabor del aceite de oliva.

Finalmente, llegó el ansiado momento de la carne. Su sabor era correcto y estaba delicioso pero no era lo que esperaba. Como todo lo que habíamos comido, su tamaño era coqueto y reducido. No pude menos que sonreír porque a pesar de los años que llevaba viviendo en Japón todavía seguía pensando como una española. Terminamos el festín con helado de leche merengada, dulces y café. Y volvimos a casa con el estómago satisfecho y algo pesado.

   Esa noche tuve que irme a la cama sin cenar.

El vagón de mujeres

Hoy voy a Kobe. El cielo está completamente gris en esta invernal mañana de marzo. Un gélido viento agita mi pelo y deja sentir su frío tacto sobre la piel desnuda de mi cuello.

En el andén, hay un grupo de estudiantes vestidos con sus rígidos uniformes negros, que charlan y bromean despreocupadamente. A mi lado, algunas señoras con expresión hierática esperan la llegada del tren que, tras unos minutos, aparece con la puntualidad de siempre.

Al subir al vagón de mujeres, agradezco la temperatura cálida que hay en su interior y tomo asiento alejada de las otras ocupantes. Las puertas se cierran y, enseguida, el tren se pone en marcha con un sonido chirriante y quejumbroso. Sentada, miro al exterior. Una sucesión de casas de color plomizo como el cielo sigue la línea férrea de manera ininterrumpida. Hasta donde alcanza la vista, los bosques lo cubren todo mostrando una maraña de ramas esqueléticas y retorcidas sin color.

Kobe Dentetsu

Tren de la línea Kobe Dentetsu

El tren hace varias paradas. En cada de una de ellas, las puertas se abren y permiten la entrada de otros pasajeros que traen consigo el frío del exterior. Con indolencia poso mis ojos sobre las nuevas ocupantes y observo lo que hacen. Una señora vestida con un kimono púrpura mira hacia delante perdida en sus pensamientos; una joven se maquilla los ojos con una destreza digna de admiración, a pesar de los movimientos bruscos del tren; otra mujer, con las manos entrelazadas y su pelo formando una cortina sobre su rostro, dormita dejándose mecer por el suave traqueteo… En el vagón de mujeres el tiempo parece fluir despacio, aisladas y protegidas en ese pequeño mundo en movimiento que avanza hacia su destino. Sintiendo mi cuerpo laxo, empiezo a caer lentamente en un ligero y placentero sopor…

El anuncio por megafonía me saca de un tirón de mi aletargamiento. Estamos en Tanigami, la última parada. Bajamos, y apresuradamente accedemos a los vagones del metro que están justo en frente de nuestro tren. Dentro hace frío y me arrebujo en mi abrigo para entrar en calor. Todas volvemos a ocupar el mismo lugar, guiadas por la comodidad de la costumbre.

Una nueva pasajera se sienta muy cerca de mí. Su aspecto me llama la atención y no puedo evitar mirar disimuladamente. Una boina de color vino cubre sus llamativos cabellos rosas; su abrigo es un bosque donde aquí y allá se ve a la pequeña Alicia en pos del conejo blanco; de su falda escocesa surgen unas piernas enfundadas en unas medias estampadas de tonalidad magenta; y sus pies se sumergen en unos zapatos de brillante purpurina plateada. La chica de rosa, con una sonrisa enigmática, lee un libro que sostiene muy erguida. Curiosa, descubro que es la historia de Peter Rabbit. En este día de luz mortecina y decadente, ella trae los colores vívidos y alegres de un mundo de fantasía.

Después de unos instantes, dirijo mi mirada hacia la ventana. Desde dentro, sólo puedo ver mi reflejo en los cristales y, detrás de ellos, estelas luminosas que recorren el oscuro túnel. El tren se desliza a gran velocidad y ruge a veces con un sonido estridente y agudo que hiere mis oídos. En silencio, mis compañeras y yo aguardamos el final del trayecto.

Por fin, las puertas se abren con un resoplido y salimos, impacientes, sin detenernos ni un momento. Delante de mí, veo a la joven de rosa que anda con paso decidido y alegre a través de un río de grises pasajeros.